
Acaba de iniciarse la guerra de los mundos.
Espero que esos jodidos bichos resurjan de la tierra para el exterminio.
Me los cargaré a todos.
No lo dudéis.
Imagen: Buscando la guerra de los mundos en google, la he encontrado aquí. Qué subidón, tú

Acaba de iniciarse la guerra de los mundos.
Espero que esos jodidos bichos resurjan de la tierra para el exterminio.
Me los cargaré a todos.
No lo dudéis.
Imagen: Buscando la guerra de los mundos en google, la he encontrado aquí. Qué subidón, tú

Me dijo que no se lo tuviera en cuenta
Durante unas horas procuré hacerle caso
Mientras tintaba la bañera
comprendí que quien dispara a matar
es un asesino
Eso no debería ignorarse


Imagen: Entrada del concierto de Vetusta Morla. Robada directamente del blog de Javier. Eso sí, lo he hecho con mucho cariño. El texto que cito de la canción Rey Sol, de Vetusta Morla lleva meses escrito en la pizarra de mi casa. También podría escribir puedo partirme y negociar la otra mitad, pero me gusta más ésta. Puedo saber que sin vosotros duele más. Eso sí es cierto. Y también es de ellos. Como lo que aparece en cursiva en mi texto. Fue una gran noche la de ayer, el concierto, simplemente, estuvo de puta madre. Y puede ser que mañana esconda mi voz, por hacerlo a mi manera, hay tanto idiota ahí fuera, sálvese quien pueda.

Conseguir que esta inútil invisibilidad
en la que tanto tiempo invierto
y que tanto tanto dolor provoca
desaparezca
debería convertirse en mi única enmienda
mi única razón.
Sin embargo
borro mis huellas
y oculto las lágrimas
como si al revelarlas
sospechara que a alguien aún puedo importarle
y esa manifestación
me hiriera más que su ignorancia.
He aquí mi letal conspiración
y mi mayor soberbia:
creer que no mostrarme vulnerable
es mi mejor pasaporte
Imagen: Beduino en el desierto de Egipto. La figura de atrás, que como casi siempre, busca estar sola, soy yo. La suerte de ese día es que alguien me observaba, y pudo hacer esta foto que ahora comparto y que tanto agradezco. Quizá sea eso lo que tengamos en común casi todos, que de una manera u otra, dañina o constructiva, sana o enfermiza, queremos ser vistos. Aunque lo neguemos a muerte.

Me mata esta ciudad. Me matan todas las ciudades. Me matan estos días, todos los días, me están matando todos los momentos, cada día, a cada momento alguien atenta sobre mí y por las noches me están envenenando. Lo sé. Amanece. Y otra vez me vuelven a matar. Me mata la fe que no tengo, la promesa de una hoguera que me espera al final, la certeza de no saberme hacer entender. Y eso que ya sé que es una queja sin sentido, que lo sé joder, que tampoco es tan difícil que al fin y al cabo todos nos parecemos en algo, o no, pero bueno, yo también tengo derecho a quejarme un poco, no te jode, que me paso la vida escuchando quejas de la peña y yo dando ánimos y dando opciones y cuando quiero hablar y quejarme un poco me vienen a la cabeza todas las opciones que guardo, y qué coño, si yo lo que quiero es que alguien de vez en cuando me escuche, sólo eso, no debe ser mucho digo yo, pero no, no, yo aquí con la sonrisa puesta, tremendo personaje que me he asignado, y ya estoy harta, harta, te lo juro, estoy harta ya de tanta escucha, y de hablar de todos los problemas del mundo, y de la tierra y de los soldados de Afganistán y de la bomba en la universidad de Pamplona, y de cómo nos irá cuando salga Obama elegido y que si después lo matarán o no, y que si durará un año y tú qué opinas, y que si te duele el hombro, o el tobillo o la polla, que si no te preocupes que podrás con los pagos y si no ya nos iremos a comer al refugio que un plato de comida no nos ha de faltar ya lo verás, (y mi padre… sólo allí, rodeado de desconocidos, y yo sin poderle decir nada, sin poder hablar con él, y ahora se ha ido del todo y para siempre y nunca le podré decir nada más, decirle que cada día me parezco más a él, que cada día me vuelvo más solitaria, que todo me sobra y nada me llega, que lo echo de menos y no sé dónde está, que nunca supe dónde estaba, pero que da igual, que ahora siempre está quieto allí, en esa tumba de mármol, y voy y no tengo nada que decir, que ya apenas tengo nada que decir ni a él ni a nadie y no me puede contestar o si me contesta no le consigo entender, si, mi padre, en su tumba de cristal con las flores muertas de su hija, y sin saber qué hacer, que ya ni tengo lágrimas, que limpio su tumba y me quedo como estoy) y como íbamos diciendo, que me pierdo encima, que saldremos de la crisis, cómo no, acaso lo dudas, de otras peores hemos salido y claro que es evidente que este chico está loco por ti, pero con los niños y con lo lejos que estáis, que ahora todo es mucho más complicado, qué me vas a contar, que no será por ganas, seguro, y yo, de lo único que tengo ganas es de correr, tengo ganas de correr, de correr de correr lo más lejos posible, cambiarme de ciudad, de nombre, de país, de planeta, tengo ganas de correr, de olvidarme de todo de una puta vez como si corriendo pudiera resetear mi mente y mis entrañas, como si pudiera volver a ese estado de no ser, a ese principio donde todas las cosas eran posibles, donde todo estaba por hacer aún, sólo quiero correr, correr y de repente, parar en seco sin más y por fin escuchar sólo ese murmullo de silencio dentro de mi cabeza, ese zumbido de paz, caer exhausta para siempre, dejar que las bocas se muevan pero no me digan nada, tantos móviles para no sabernos entender, tantos medios de comunicación para no tocarnos los unos a los otros ni por una sola vez.
Me envuelve la fiebre.
Me rodean unos brazos.
Me abarcan las mentiras y los silencios,
que, sin romperse, han aprendido a naufragar conmigo.
Me asumen las sombras.
He perdido mis sueños.
en estas interminables noches de otoño.
No me abraza nadie.