A veces me pregunto a quién debo mi suerte,
a quién se la debemos todos, buena o mala

Acumulo instantes felices en mi plan de pensiones.
No conozco otra manera de invertir en mi futuro.
¿Quien puede prometerme la cordura, si alguna vez la tuve,
el tan famoso día de mañana?
Yo me aseguro recuerdos,
todos ellos inservibles desde un punto de vista
estrictamente comercial.
Sé con lo que estoy jugando y
tengo bien presente la última opción,
a veces demasiado a mano:
La muerte, la muerte que me consuela
tanto como me asusta perder
el segundo al que me aferro.
Sentir el sol en la piel y
no esperar más que eso:
El dulce calor de lo desconocido,
del porvenir incierto que nada puede anticiparme.
He negociado mis instantes felices
en oscuras salas de juegos,
en las más fuertes subastas,
algunas clandestinas, he de reconocerlo.
Por alguno de ellos pagué un precio realmente vertiginoso
llegando a poner mi vida en el tablero.
No me he arrepentido nunca y sé que ya no podría
vivir de otra manera.
Y ahora…
¿Quién puede negarme esta calma,
esta serenidad conquistada
pujando de abismo en abismo?
Es lo que tengo, mi mayor tesoro,
mi mayor bien:
Saber que las espinas son elegidas
que los instantes que acumulo
tienen un precio en el mercado.
Y que el día de mañana, cuando llegue
serán mi mejor moneda de cambio
para negociar con la muerte.
Imagen: Instante de felicidad acumulado en el desierto libio, viendo amanecer, en el verano del 2008. La espina fue el madrugón.